hejiras


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sábado, 28 de mayo de 2011

2s. Geisha

Esos días suelen ser únicos, intensos, imparables.
La vida a mil atrae más vida, como la nieve, camaleónica luz del alba.
Cuando el taxi se puso en marcha las luces de neón entre las sierras eran perlas o cristales traslucidos, como los cristales en las narices.
Llegando a la ciudad, la nieve también se luce con la inercia de la caída, matizándose en el arco iris por su pureza.
Y un sol en la nieve; o un copo mas venía a lo geisha tal vez a sabiendas de ser Universo.
Las negras mendigaban capitales a las máquinas para continuar los excesos y ella respondió al saludo y su sonrisa superó la sorpresa. La insomnia maldita la llevó al amanecer.
Lentamente, baje del taxi y me acerque para no trastabillar en el residuo blanquecino del piso y la nebulosa de las bebidas –que parecía perpetuarse en mi cabeza-.
Me acercó sus mejillas para besarla y se bebió mi aliento agrio.
- De festejo –-musitó-
- Solamente unas copas -–esgrimí-
Soltó sus manos y tomo las mías para arrastrarme en un trote hasta su departamento, antes de ingresar, agitada, apoyo su fino índice en mis labios en señal de silencio.
- Todavía duerme,– esta vez farfulló refiriéndose a Daniel.
Y con pasos intransigentes nos acomodamos bajo el pequeño alero, donde repentinamente, tome su bello y mortecino rostro para acariciar sus finos labios con mi lengua voraz, contraatacando ella con sus manos en mis nalgas.
Nos miramos decididos, valientes y ávidos de pasar rápidos a otras etapas, eludiendo el peligro de los ruidos proporcionados en cada jadeo.
Su ropa de invierno, se alivianó ante la destreza de mis dedos y sus pequeños senos se abrieron al ritmo de los latidos.
Rosados, tiernos y suaves, desafiaron mi enorme boca a punto de tragárselos en cada lamida. Ya sentía los dulces aromas provenientes de sus axilas a las que apreté fuerte con mis labios mientras era escanciado por sus saliva tibia ante cada gemir suave, cuasi ronco...
Ya su mirada, lasciva, me indicaba el camino a seguir, olvidándose de su piel aterida por el frío de la nieve. La punta de sus pequeños senos ahora eran de un rojo intenso, por lo que ataqué sin piedad su pubis donde anidaba miles de secretos aromáticos, cálidos, para abrazarme y depositar en mi lengua todo el fragor de pisadas en un charco.
Mis sienes a punto de estallar pedían a gritos sus caricias que no demoraron un instante.
Erguido en todo mi cuerpo casi sobre ella, recibí sus manos en el miembro mientras su saliva ya sabía a todo su ser.
Mi abrigo perdió toda su compostura y algunos tejidos y quede casi desnudo para que ella, cómodamente, se estacionara en mi miembro con su boca de, ya, labios rojos que despedían brillos. Lamía, chupaba, besaba, jadeaba como si se quedaría toda la vida, cuando yo, feliz, lejos de todo suelo y confundido en el paisaje albo sentía como maniobraba mi estoica prolongación y era abrigado en su cuerpo, en su lugar caliente y era atacado y atacaba una y otra vez aferrándonos a cada rasguño de nuestra piel, ahogando todos los gritos en cada mordisco.
Sentía la nieve en mi trasero, en su pelo bajando hacia su cara de contrastes de mejillas rosadas y labios rojos carne.
El toma y daca acompasaba la melodía de alientos entrecortados in crescendo, al unísono como todos los movimientos de nuestras caderas que no cesaban de fruirse, sin dejar de exigirnos, anunciando el choque de planetas, el bing bang, perfumados del gran acontecimiento.
No nos preparamos para el momento pero ya no había nada alrededor, no existía el paisaje, el frío fue derrumbado ante nuestros jadeos y nuestros chorros de lava inundaron nuestros sentidos y fue enorme la seducción que me producían sus gemidos casi ahogados pero tan femeninos, que el animal quería más.
El ruido de puertas abrirse nos deposito en la calle nuevamente, entre risas y miradas sudorosas. En la esquina, otro beso con los ojos abiertos y toda nuestra sal en las ropas me aliviano la despedida.
Y las negras ya no estaban cuando subí a otro taxi.
Y ella siguió su marcha; a lo geisha, como un bello copo más...

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