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jueves, 26 de mayo de 2011

mi negra piel de aceituna

Hasta hace diez años atrás no sabía absolutamente nada de las aceitunas salvo que nos las venden en rotiserias o almacenes o almacenadas en frascos con moños de todo tipo, salvo está, claro... como ornamentación de otras exquisiteces tanto sólidas como líquidas tipo onda Martini Bond.
Tampoco sabía de su planta, de la altura de las plantas, de sus ramas y sus hojas y hasta de su soledad aunque sospechaba haberlas visto en épocas de Pascuas, cuando las señoras salen con esas ramas y caras complacientes de las iglesias, y luego las depositan en los rincones más oscuros de la casa, por ejemplo, o cuando chico me sermoneaban que iría a parar al Monte de los Olivos como Cristo y muchos más por charlatán.
Hoy seguramente tampoco iría ya que en el lugar siguen debatiendo entre quienes vivir o a quienes pertenece el lugar -ya que Jesús no dejó ningún legado inmobiliario-, al ritmo de los bombazos.
Todo esto no me pre-ocuparía si alguien no me hubiese regalado una planta de olivos lista para trasplantar hace como diez años.
Ya aprendí de como se cuida  la planta al regar, limpiar de posibles hongos y otras calamidades, se cosecha y procede a preparar el fruto para su posterior consumo y llevarlo a la mesa con su mejor presentación y sabor.
Seguramente me queda muchísimo más por saber de las cualidades y propiedades de las aceitunas, de sus bondades no solo alimenticias o de sus prestaciones para la piel o como afrodisíaco o símbolo de la sensualidad entre los labios.
Así que hoy tengo una buena cantidad de frascos llenos con este exquisito fruto condimentado diversamente listos para regalar tan cariñoso a seres queridos y no tanto.

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